Cuando un avión va a aterrizar después de un vuelo complicado, la gente se comporta de dos formas:
Hay quienes cierran los ojos, se recuestan en sus asientos, respiran hondo, agarran fuertemente los reposabrazos y desean en silencio que el mal trago pase rápido y sin más sobresaltos.
Por el contrario, otras pegan la nariz a la ventana, intentando no perderse ni un segundo de esa aventura, escudriñan el paisaje girando la cabeza de un lado a otro, no son capaces de dejar el culo pegado al asiento, echando un pulso al cinturón de seguridad, y disfrutan y se maravillan ante el espectáculo que supone un aterrizaje.
Supongo que, de algún modo, nuestra forma de actuar ante un aterrizaje después de un vuelo complicado se parece mucho a la forma que tenemos de vivir la vida.
miércoles, 13 de agosto de 2014
Desde el pasillo
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