domingo, 20 de julio de 2014

Le petit prince

Cuando conoces a una persona, normalmente no imaginas la importancia que llegará a tener para ti. 
Cómo imaginar que de ofrecer compartir un saco una tarde, al llegar a un pueblo nuevo, con gente nueva, iba a salir una amistad de esas que esperas que duren para toda la vida.
Un ofrecimiento tan nimio, que ni siquiera esperaba ser aceptado. Todo podría haber acabado cuando el repartidor de Seur llamó una mañana para que alguien se acercara a recoger el paquete, que venía acompañado de una nota preciosa en francés para dar ánimos a la despistada. Pero no lo hizo, y menos mal. Qué habría hecho sin su apoyo, sin sus bromas, sin sus treguas y sin su mirada de "podemos con esto" cuando el mundo se me venía encima al ver la comida, o cuando nos explicaban el juego que tocaba esa tarde y (cómo no!) había que correr de nuevo.
Sólo han sido quince días, pero puedo decir con seguridad que no los voy a olvidar nunca, igual que no podría olvidarla a ella ni aunque quisiera. Que sí, que vive en la otra punta de España. Que nos espera un curso difícil. Que alomejor me toca a mí ser siempre quién le abra wa. Pero no me importa, no estoy dispuesta a dejar ir a alguien así.
Porque personas como ella no te las encuentras todos los días. Son un tipo de gente diferente, que te hace ver la vida desde otra perspectiva en cuanto te acercas un poco, que cree que las cosas se pueden hacer de otra manera, de una manera mejor.
Por mucho que ella se considerase pesimista, yo sé que no lo es. Tiene un optimismo distinto, eso sí es verdad. Pero en mi opinión, es el optimismo que necesita el mundo. O al menos es el optimismo que necesito yo.
Podía confiarle mis problemas ya fueran las 8 de la mañana y estuviéramos desayunando, las 3 de la tarde camino del bar de la piscina a por un vaso de chuches, las 12 de la noche mirando la luna mientras escuchábamos música apoyadas en el pabellón o las 3 de la madrugada, entre susurros, procurando que no se despertase nadie. Y creo que, a pesar de todo, y de todas las veces que se lo he dicho, no se hace una idea de cuánto me ha ayudado ni de cuánto la necesito.
Como bien dijo Antoine de Saint-Exupery dans le Petit Prince, "fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante." Y es que la mejor forma de demostrar a una persona que es importante para nosotros es regalarle nuestro tiempo, porque es lo único que nunca podremos recuperar. Y he de decir que no me arrepiento de un solo segundo que he pasado con ella, sino todo lo contrario. Me arrepiento de no haber echado todas las horas del mundo dándole por saco, de no haberla buscado cada segundo que teníamos libre para marujear un rato, de haber tenido solo dos semanas para aprender de ella. Me faltaron horas para conocerla y para disfrutalas a su lado, pero también es cierto que había mucha gente a la que conocer.
Después de todo esto, sólo me queda agradecerle que, al igual que yo le he dado mi tiempo, ella ha hecho lo propio conmigo, porque eso es algo recíproco que nunca debemos pasar por alto alegando un "qué menos".
Te echo de menos ma petite, y ahora en mis cascos suena Cuando sale el sol. Y dice eso de "en tus pupilas el mundo cambia" o aquello de "te duele el corazón al recordar su sonrisa". Dudo que sea casualidad. No hay duda de que, en 15 días, el mundo cambió para mí por obra de 23 sonrisas, ni más ni menos. Pero puedo decir que la suya es la que más extraño, la suya y la del tonto que normalmente la provocaba.
A pesar de todo, y de que probablemente se cansarán de hablar por wa pronto, estoy segura de poder decir que he ganado dos amigos para toda la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario